Reportaje de Radio Siglo 25

Este martes, un sismo de magnitud 8,8 en la escala de Richter sacudió violentamente la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Rusia. El fenómeno —uno de los más potentes registrados en los últimos años— no solo generó temor en la región euroasiática, sino que activó alertas de tsunami en todo el océano Pacífico, incluyendo a países tan distantes como Japón, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Perú y Chile.

En nuestro país, la amenaza se tradujo en orden de evacuar preventivamente algunas zonas costeras del norte y centro-sur, activando protocolos del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED) y del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA). Si bien posteriormente las olas que alcanzaron territorio nacional no provocaron daños materiales ni víctimas, el fenómeno sí tuvo un efecto secundario preocupante: la propagación masiva de información falsa, que generó confusión, ansiedad y desplazamientos innecesarios.
El Suceso: Un Susto Global, Una Prueba Local
El epicentro del sismo se localizó a más de 600 kilómetros de la ciudad rusa de Petropávlovsk-Kamchatski, pero su fuerza fue suficiente para activar el sistema de alerta temprana de tsunamis del Pacífico. Las autoridades chilenas monitorearon el evento minuto a minuto, y alrededor de las 6:30 de la mañana emitieron una Alerta Preventiva de Tsunami para el borde costero del país, lo que derivó en evacuaciones controladas en sectores como Arica, Iquique, Antofagasta, Coquimbo, Valparaíso y parte del Biobío.
Hasta ahí, el sistema respondió con eficiencia. Sin embargo, la desinformación en redes sociales y aplicaciones de mensajería rápidamente comenzó a enturbiar el panorama. Circularon imágenes editadas de supuestos “muros de agua” acercándose a la costa chilena; audios de “expertos” que aseguraban un nuevo sismo aún más potente; e incluso advertencias infundadas de que el tsunami había “cambiado su trayectoria” y amenazaba otras regiones.

El Otro Terremoto: Las Noticias Falsas
Este episodio volvió a evidenciar lo que ya hemos vivido en otras catástrofes: la desinformación se propaga más rápido que los hechos comprobados. Aunque el SHOA y SENAPRED desmintieron en tiempo real muchas de las afirmaciones que circulaban, el daño ya estaba hecho. Varias personas evacuaron por temor a informaciones no oficiales; otras, en cambio, restaron importancia a las alertas oficiales, por haber sido expuestas a contenidos que minimizaban el riesgo.
Algunas de las piezas de desinformación más compartidas durante la jornada fueron:
- Videos antiguos de tsunamis en Asia, editados para simular que correspondían a la costa de Valparaíso.
- Audios falsos de “geólogos internacionales” afirmando que el evento sísmico era solo el primero de una serie de “megaterremotos” inminentes.
- Cadenas en WhatsApp que aseguraban que las autoridades “estaban ocultando información” y que el verdadero epicentro del tsunami era frente a las costas chilenas.
El Valor De La Fuente: Más Allá Del Tamaño Del Medio
En medio del caos informativo, muchos usuarios comenzaron a cuestionar: ¿a quién creerle? Algunos dudaron de medios alternativos por considerarlos poco técnicos, y otros criticaron a los grandes conglomerados por supuesta falta de cobertura o alarmismo.
Pero el foco no debe estar en el tamaño del medio, sino en su metodología periodística. Un medio responsable —grande, mediano o independiente— se caracteriza por:
- Contrastar la información antes de publicarla.
- Citar fuentes expertas con nombre y apellido.
- Actualizar y corregir sus notas si la información cambia.
- Mantener un tono responsable, sin caer en el pánico ni la negación.
En este contexto, medios comunitarios y regionales cumplieron un rol clave, especialmente en zonas rurales donde el acceso a información nacional es limitado. Algunos de ellos incluso desmintieron con rapidez los bulos que otros medios replicaron sin verificar.

Desde el epicentro del reportaje sobre el sismo de 8,8 en Kamchatka y la ola de desinformación que lo acompañó en Chile, es alarmante observar que en América Latina la exposición a noticias falsas es casi cotidiana: un estudio revelado por Statista muestra que entre un 49 % y más del 60 % de los encuestados en países como Brasil (60 %), Ecuador (58 %), Colombia (53 %), Chile (52 %) y Argentina (51 %) —se enfrentan todos o casi todos los días a información que tergiversa la realidad. Este dato refuerza lo planteado en el reportaje: en escenarios de emergencia, la propagación permanente de contenido falso no solo confunde, sino que puede poner en riesgo la vida colectiva.

Usuarios Y Comunicadores: La Responsabilidad También Es Nuestra
Hoy no solo los periodistas difunden información. Con un teléfono y conexión a internet, cualquiera puede volverse emisor, lo que nos vuelve parte activa —y responsable— de lo que se difunde en contextos de emergencia.
Aquí algunas recomendaciones prácticas para actuar con responsabilidad:
Verifica antes de compartir. Si te llega un video o audio alarmante, búscalo en Google, revisa si está en medios confiables o si ya fue desmentido.
Consulta siempre las fuentes oficiales. En Chile, las cuentas oficiales son SENAPRED y el SHOA.
No confundas opinión con evidencia. Un audio viral puede sonar convincente, pero sin nombre, fuente o acreditación, no vale más que un rumor.
No compartas por impulso. Si tienes dudas, simplemente no difundas. Podrías estar aumentando el miedo innecesariamente.
Evita frases como “nos están ocultando algo”. Estas fórmulas fomentan la desconfianza sin pruebas y son comunes en las cadenas falsas.
Una Alarma Que Debe Permanecer Encendida: La Educación Mediática
El terremoto de Kamchatka nos recordó que la tierra tiembla… pero también lo hacen los pilares de la verdad cuando dejamos que la desinformación se expanda sin filtros. La educación digital y mediática no puede seguir siendo una asignatura pendiente: es una herramienta de supervivencia en el siglo XXI.
Mientras más sepamos cómo funciona el ecosistema informativo, mejores decisiones podremos tomar. Porque compartir no es solo apretar un botón: es asumir el peso de lo que entregamos a otros en tiempos donde la información, literal y figuradamente, puede salvar o poner en riesgo vidas.